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El País, 28.9.99

El general Pinochet se apunta al deshonor. Miguel Ángel Aguilar

El general Augusto Pinochet se ha apuntado al deshonor. Lo dije hace unos días en un comentario telegráfico para el programa Hoy por hoy de la Cadena SER y ahora es momento de argumentarlo. Toda esa historia del estado de salud de Pinochet resulta penosa. ¿De cuándo acá un general que se respete a sí mismo puede permitirse salir por la puerta de la conmiseración social y alegar en su favor las razones humanitarias de las que estuvo desprovisto su mando para ser devuelto a casa?

Todo el fingimiento médico de las notas diplomáticas está siendo argüido con el intento de sorprender la buena fe del Gobierno de Su Graciosa Majestad. Viene a confirmarse así de nuevo que el general Pinochet es incapaz de dar la cara y de asumir sus gravísimas e intransferibles responsabilidades, mientras los que fueron subordinados a sus órdenes se enfrentan a las reclamaciones judiciales en Chile. Tantas idas y venidas, tantas vueltas y revueltas, tanta bravuconería y tanto abuso practicado contra sus compatriotas inermes termina ahora con la solicitud de compasión y la alegación de enfermedades imaginarias, conforme a la picaresca propia de un recluta desmotivado que intenta ser rebajado de servicio y ahorrarse la instrucción. Pinochet se revela como un fantoche sin agallas que, ajeno al código del honor de la profesión militar, se abraza a la indignidad.

Llegados a este punto, recuerdo la entrevista que mantuve con el general Pinochet cuando figuraba como Presidente de Chile en el Palacio de la Moneda, el martes 17 de noviembre de 1987 desde las 12.15 a las 12.55. Su texto puede consultarse en el diario La Época de Santiago del día 20 y en el semanario Tiempo del 7 de diciembre. Me recibía como director de la agencia Efe y nada más saludarme dijo que había querido cerrarla dos veces. Enseguida intenté que la conversación tomara una deriva castrense. Hasta que al final, después de hablar de cómo la formación en las academias militares está basada en unos principios estrictos, en el cultivo de unas virtudes características, en el honor, en el valor, le pregunté si no sería el acto más valeroso para él descabalgarse del ejercicio del poder. El general dio una respuesta lacónica y lateral, negando que el suyo fuera un régimen personal, y cuando le ofrecí que se reservara la atractiva opción de ser el espectador de su propia sucesión me interrumpió diciendo: "Usted quiere que yo sea espectador de mi propio funeral".

Pinochet reiteró: "Un hombre como yo, habiendo salvado su vida porque Dios es grande, sería más lógico si se mandara mudar pronto para que no lo maten". Pero mis argumentos no prosperaron y el general se mostró dispuesto a continuar y a celebrar el plebiscito en el que poco después fue presentado por unanimidad como candidato de los comandantes en jefe, ocasión en la que fue rechazado por los votantes, lo que dio lugar a las elecciones posteriores a la Presidencia de la República en las que fue elegido Patricio Aylwin. En la conversación anterior salieron algunas referencias a Franco. Con ocasión de la última de ellas Pinochet me dijo que no le comparase con Franco, que él había devuelto la democracia a los chilenos. Acción que estaba muy por ver, que contradecía todos sus propósitos marcados por el aborrecimiento a tal clase de régimen, pero de la que parecía sentirse muy orgulloso.

Sin embargo, las analogías con Franco existen. A la muerte del nuestro, aquí quedaba el Ejército de Franco, al que el dictador había puesto la imposible carga de bloquear la salida del sistema haciéndole garante de la perennidad del régimen. Recordemos cómo a sus adictos que se preguntaban ansiosos después de Franco ¿qué?, les dijo aquello de "todo quedará atado y bien atado bajo la guardia fiel de nuestro Ejército". Pero esa pretensión se verificó inviable con el paso de algunos años. El Ejército dejó de ser de Franco, dejó de formar parte de la amenaza, se convirtió en el Ejército de España, selló su lealtad con los españoles y pasó a formar parte de la defensa nacional. Tenemos que comprender que en Chile todavía el Ejército es el Ejército de Pinochet y que proyecta su influencia directa sobre los enclaves autoritarios de la Constitución otorgada. Se impone, por tanto, una transferencia de lealtades militares a la que ayudará el tiempo si se administra bien sin hacer dejación de autoridad.

 

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