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El País, 14.1.00

Pobre Chile, es tu cielo azulado... Luis Sepúlveda

"Puro Chile es tu cielo azulado...", así reza el primer verso del himno nacional chileno, pero todo lo que ha ocurrido desde el aciago 11 de septiembre de 1973 hasta el 11 de enero de 2000 ha borrado definitivamente el color azul del cielo chileno.

A dos días de la segunda vuelta de la elección presidencial, la tercera desde que la dictadura dejó el poder, el panorama se presenta tan borrascoso que ya no se sabe si la antigua costumbre vertical de la lluvia soportará las perversiones y empezará a llover hacia arriba o hacia los lados, o si lloverá agua o si lloverá basura. El reciente anuncio del Ministerio del Interior británico que libera a Pinochet permite suponer que ocurrirá lo último. De tal manera que el senador vitalicio puede volver y su retorno se anuncia justamente en vísperas de elección presidencial. Lagos y Lavín, los dos candidatos, deben hacer urgentes cálculos para medir los beneficios traducidos en votos del anunciado regreso, pero, ¡pobre Chile!, el único beneficiado es el sátrapa.

Lavín, el candidato de la derecha -esa derecha que jamás dejó de ser cerril, facistoide, cavernaria-, en un esperado golpe de efecto decide que el tiempo del pinochetismo pertenece al pasado y ofrece un futuro sustentado en la apremiante necesidad de olvidarlo todo, de una vez y para siempre, incluyendo a la dictadura que aplaudió, con la que colaboró y de la que fue cómplice, porque la mayor expresión de complicidad con lo abyecto es la omertà, el silencio calculado de los usureros de la política. En un país como Chile, en franco retroceso cultural, el discurso demagógico que ofrece soluciones fáciles y desdeña la complejidad social encuentra oídos receptivos y se autoconvence de representar una alternativa.

Pero una alternativa, ¿a qué? El candidato de la coalición gobernante -la Concertación por la Democracia-, Ricardo Lagos, luego de obtener una amarga victoria mínima en la primera vuelta electoral, lejos de revisar los errores de su campaña, recurre a la misma táctica de su oponente, desdeñar la complejidad, y se entrega de lleno a las promesas tales como terminar con el paro, la delincuencia o la amenaza de la inflación, sin considerar que los destinatarios de su discurso no cesan de preguntarse: ¿y por qué no solucionó todos esos problemas desde su poder ministerial, de líder de la Concertación? ¿O es que recién los descubre?

Una mínima coherencia de hombre de izquierda le habría indicado que el magro resultado en las urnas era la expresión de un descontento que va más allá de lo inmediato, y que no se soluciona con promesas sobre lo inmediato. La respuesta debió buscarla en la carencia ética del Gobierno de la Concertación, y en su incapacidad para criticar esa situación.

Lagos, y todos los personeros de la Concertación, saben que la dictadura no fue derrotada solamente en las urnas, sino que, durante muchos y largos años, cada día, cada noche, las protestas sociales, a pesar de la represión criminal del fascismo chileno, le quitaron el sueño y la paz al dictador. Los que hicieron oposición, abierta resistencia, pacífica y armada, pusieron los muertos. Luego, la inteligencia política negoció con la dictadura.

Algún día se "desclasificarán" ciertas memorias y entonces sabremos en qué consistió la negociación con Pinochet. En ese país sin memoria, se intuye que se garantizó la preservación de un modelo económico sustentado en el darwinismo social y la negación de todas las conquistas laborales. Se intuye que se acordó terminar con cualquier expresión de prensa opositora a la dictadura, así ocurrió con Análisis y La Época, en liberalizar la libertad de expresión dejándola finalmente como propiedad de dos grupos afines al modelo económico.

Lo que ni siquiera se intuye -por evidente fe en la decencia- es que, por ejemplo, las sistemáticas negativas del presidente Frei a recibir a los familiares de los desaparecidos, el gran drama chileno, sea también parte de los acuerdos que posibilitaron el inicio de la curiosa transición chilena a la democracia.

Entre otras cosas, los ochocientos mil chilenos que no acudieron a votar se preguntan: ¿Qué llevó a hombres como el ex canciller Insulza y el actual canciller Valdés a asumir una defensa tan apasionada de Pinochet? ¿De verdad creían en el discurso repugnante y patriotero que aludía a la defensa de la soberanía? ¿De verdad pensaron alguna vez en la eventualidad de juzgar a Pinochet en Chile?

¿Un juicio a Pinochet en Chile, con esa misma justicia que, a menos de veinticuatro horas de aparecido el Libro Negro de la Justicia Chilena, encarceló al editor, al gerente de la editorial, requisó, prohibió el libro, y obligó a su autora, la periodista Alejandra Matus, a buscar asilo en los Estados Unidos?

A menos de una semana de la segunda vuelta electoral y buscando explicaciones para la amarga victoria, Claudio Tironi, el principal estratega de la candidatura de Lagos, culpa al juez Baltasar Garzón por la debacle y lo llama "jefe de la campaña de Lavín". Por su parte, Juan Antonio Coloma, portavoz de Lavín, profundiza la opinión de Tironi: "El juez Baltasar Garzón sepultó el esfuerzo de renovación de la izquierda. Muchos chilenos se encontraron, tras la detención de Pinochet, con una izquierda vinculada a los movimientos extranjeros y dispuesta a entregar porciones de soberanía nacional por satisfacer sus deseos de venganza". El poeta Nicanor Parra escribió una vez: "La izquierda y la derecha unidas jamás serán vencidas".

Es indudable que Pinochet pesó y pesará en el resultado de las elecciones, porque su figura garantiza la permanencia en el poder de los dirigentes más mediocres que haya dado la política chilena, tanto de la Concertación como de la derecha. Ninguno de ellos se atreverá a dar el paso ético que reclama la sociedad chilena, estupefacta e inerme ante la impunidad de un modelo social excluyente que deja en manos del mercado todas las decisiones, y que todo lo justifica para bien del mercado.

Según la decisión del Ministerio del Interior británico es posible que Pinochet regrese a Chile liberado por razones humanitarias y las esperanzas de las víctimas, de los familiares de los desaparecidos, de las organizaciones defensoras de los derechos humanos se vean frustradas. Esto sería el gran triunfo de la impunidad, sembraría el peligroso precedente mediante el que cualquier sujeto responsable de crímenes contra la humanidad podría alegar problemas de salud para invocar razones humanitarias y eludir así la acción de la justicia.

Pinochet, si regresa a Chile, lo hará como un triunfador, recibirá los honores de vencedor, de guerrero invicto que nunca ha merecido y permanecerá hasta el día de su muerte como protagonista del devenir político chileno.

Sólo un ingenuo o un timador podrían suponer que abandonará voluntariamente su escaño de senador vitalicio, pues para ello se precisa de una reforma constitucional y, en el hipotético caso que esto sucediera, significaría para Pinochet el riesgo de perder el fuero que lo hace inalcanzable para la justicia chilena.

Pobre Chile, condenado a soportar una lluvia de basura.

Luis Sepúlveda es escritor chileno.

 

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