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El País, 14.1.00

El mundo civil ya ha condenado a Pinochet. Antonio Tabucchi

No cabe duda de que los familiares de las víctimas de Augusto Pinochet o todos aquellos que hayan sobrevivido a la masacre que puso en marcha sentirán, ante la noticia de la próxima liberación del dictador, un sentimiento de injusticia y de impotencia. Llegar a verlo frente a un tribunal para responder de los asesinatos y de las torturas que llevó a cabo después de un golpe de Estado en un país regido por una democracia, era una recompensa moral para todos aquellos que creen en los derechos del hombre, derechos que el general Pinochet pisoteó de manera nefanda.

Pese a todo, sigue existiendo un hecho histórico incontrovertible: sea como sea, la opinión pública mundial ha promulgado ya un juicio moral contra este dictador, gracias a la orden internacional de captura que un juez español emitió contra él y que provocó que fuera retenido durante un largo periodo mediante arresto domiciliario en un país de la Europa democrática, mientras la prensa libre daba amplia cuenta de sus fechorías pasadas y del debate suscitado en torno a un posible proceso en su contra. Proceso que en su país, con la inmunidad que se había procurado, hubiera sido impensable.

El arresto de Pinochet constituye en cierto modo, con toda la timidez que se quiera, una primera afirmación de un derecho internacional que se va delineando en el mundo y que nos hace esperar que en el futuro los responsables de genocidios, de masacres, de limpiezas étnicas, de torturas sistemáticas y de otros crímenes contra la humanidad dejen de sentirse libres e intocables como lo habían sido hasta ahora en este siglo de totalitarismos.

Hoy en día, los personajes de esa calaña saben que, si cometen atrocidades en sus países, no podrán ya ir de compras, tranquila e impunemente, por Londres, por París, por Roma o por cualquiera otra de nuestras ciudades, o admirar nuestros monumentos como si fueran serenos turistas.

Un caso como el de Pinochet, en cierto modo, ha contribuido al crecimiento de la conciencia civil en el seno de la sociedad. Lo cual, creo yo, supone una gran novedad de nuestro tiempo. Se trata de un despertar civil que cuenta ya con numerosas manifestaciones en todo el mundo, de los Médicos sin Fronteras que han recibido el Premio Nobel de la paz en 1999 a otras muchas organizaciones de solidaridad como el Parlamento Internacional de los Escritores.

Nuestro recuerdo se dirige en estos momentos a los intelectuales, a los artistas y a la mayoría del pueblo chileno, que tanto hubieron de sufrir bajo aquella larguísima dictadura.

No sé cuántos de entre los lectores recuerdan hoy los nombres de Violeta Parra, cuyas canciones prohibió la dictadura, y de Víctor Jara, poeta y músico desaparecido después de atroces torturas. A Víctor Jara, que tocaba con su guitarra las melodías tradicionales chilenas, los torturadores del general le cortaron las manos. Y sé bien cuánta violencia tuvo que soportar el amigo Luis Sepúlveda, que hoy vive en España, en Gijón. Su odisea personal, y la del pueblo chileno, nos la ha contado en muchos de sus hermosos libros y artículos: su captura, las humillaciones de la prisión y su fuga. Hoy vive entre nosotros, querido, respetado y seguido por miles de lectores. El general que se ensañó contra él y contra su gente regresa a su país, devuelto por el Gobierno británico, que lo considera demasiado viejo y enfermo para afrontar un proceso. No regresa como vencedor, de eso no cabe duda.

Antonio Tabucchi es escritor italiano. Traducción de Carlos Gumpert.

 

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